El salto al vacío de Héctor Manrique

El teatro venezolano conoce su nombre desde hace más de dos décadas. Ha sabido ganarse el respeto de sus maestros y discípulos construyendo una impecable trayectoria que no sólo se mide en sus éxitos como actor, sino también como director. Héctor Manrique ha trabajado también en el cine y la televisión, pero se asume como un hombre de teatro. Su carrera lo confirma

Por Isabel Delgado. Fotografía Marcel Cifuentes

Hay personajes a los que cuesta enfrentárseles.

Están rodeados de un aura de aparente impenetrabilidad que los convierte ­al menos temporalmente y en el imaginario individual de quien los enfrenta­ en una suerte de maestros inalcanzables y temibles. Héctor Manrique atiende la llamada telefónica con voz de hierro. Dice que la cita es a las tres de la tarde y sin saberlo generará sentimientos de angustia y culpabilidad a quien llegará 15 minutos tarde.

La imagen de hombre autoritario ­seguramente alimentada por el estereotipo cinematográfico del director cascarrabias­ se desvanece al encontrar a una persona dispuesta, conversadora y con sentido del humor. Pero la rigurosidad para responder cada pregunta permanece intacta.

Manrique no resultó temible, pero sí difícil de seguirle el paso.

El instinto nunca nos abandona por completo.

El hombre que vino del monte.
En los tiempos en que Caracas era una ciudad completamente amable para sus ciudadanos y visitantes, el joven Héctor Manrique vivía en Colinas de Carrizal, estado Miranda. Iba a la capital a diligencias puntuales, como las visitas familiares o las idas al teatro, y se iba fascinado con la modernidad que crecía y se multiplicaba a su alrededor. Caracas era una ciudad pujante que atraía enormemente a cualquiera que viviera fuera de ella: "Bajar a Caracas me impresionaba mucho. Todo es más grande e impersonal. En la urbanización donde yo vivía conocía a todo el mundo y Caracas te da esa sensación de que por más que vivas en ella siempre conocerás a poca gente. Vivir en Colinas de Carrizal era vivir en un monte, y ésa es una de las cosas que más agradezco en mi vida". De esas bajadas del "monte" al teatro comenzó a surgir en Manrique su inquietud por formar parte en el mundo del arte, aunque no El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas: "Me emocioné, me dieron ganas de reír, de llorar, salí de ahí y no podía dejar de hablar de eso. Me pareció que estaba ocurriendo un hecho mágico frente a mis ojos. Después de muchos años me tocó hacer El día que me quieras. Son esas volteretas que te da la vida y que debes agradecer". Un viaje a Europa para conocer el ambiente artístico de las grandes capitales del viejo continente reafirmó su convicción.

Pero fue su encuentro personal sabía exactamente qué era lo que le atraía. Lo que sí sabía era que el teatro generaba en él una fascinación que, incluso hoy en día, le cuesta describir.

Lo intuyó cuando fue a una función de El entonces recién formado actor de teatro comenzó a ejercer su oficio y con mucho éxito. Y fue precisamente esa época de juventud e inexperiencia la que lo llevó a aprender que la dureza del fracaso es más aleccionadora que la embriaguez de la victoria, y que el teatro siempre será un salto al vacío: "El primer montaje en el que yo actué como protagonista fue Ardiente paciencia, una obra de Antonio Skármeta en la que hacía de cartero. Esa obra se estrenó en España y luego se hizo en Argentina y Uruguay con unas críticas positivas enormes sobre mi trabajo, al igual que en Venezuela.

Luego hice Memorial del cordero asesinado, de Juan Carlos Gené y fue muy aleccionador porque yo estaba muy mal, pero creía que lo estaba haciendo bien porque venía de tener éxito en varios países. Para mí fue más importante esa obra que Ardiente paciencia, porque con ese fracaso aprendí que en este oficio nunca se llega a ninguna parte, que siempre que estás montando una obra es como si te lanzaras de un décimo piso y no sabes cómo vas a caer. Y a partir de allí me tranquilicé mucho, porque me dio el derecho a equivocarme mientras lo hiciera con rigor".

Con sus maestros, Manrique formó parte del nacimiento del Grupo Actoral 80, uno de los semilleros más fértiles del teatro venezolano. Y con la salida de su fundador, Juan Carlos Gené, en 1993 (quien se fue a Argentina de donde es originario), el ahora curtido actor asumió las riendas de la institución que, sin duda, no sólo ha cosechado un envidiable repertorio, sino una nueva generación de talentos: "Grupo Actoral 80 es una institución que ha seguido formando actores, y cuando tú ves una obra como Acto Cultural, por ejemplo, te das cuenta de que hay una nueva cosecha de actores interesantes.

Lo otro está en el repertorio que tenemos, que son más de 70 obras. Allí la acción habla más claro que las palabras, y creo que nuestro fruto se ve en nuestra acción, sin juzgar si es bueno o es malo, pero allí está lo que somos, en nuestro repertorio". Cuando se le interroga sobre su aporte como actor y como director a los escenarios locales, Manrique es enfático al asumirse como parte indivisible del grupo que dirige.

Su contribución, según él, es en plural: "Viendo en la distancia, creo que el Grupo Actoral 80 ha traído piezas importantes, como Art, Copenhague..., que han sido obras importantes en el mundo y mantenemos nuestra obsesión con que las obras de Cabrujas sigan montándose en el escenario. Puedo hablar de los aportes grupales, pero yo no sé si he aportado algo", dice quien se mantiene al frente de una agrupación que ha obtenido medio centenar de premios nacionales e internacionales de teatro. Colinas de Carrizales seguramente nunca había sido tan famosa.

El actor que dirige, el director que actúa.
Del jovencito que se
impresionó con Caracas y las obras de teatro hasta el día de hoy, hay una separación de más de 25 años de carrera y 22 piezas dirigidas.

A propósito de ello, y del rigor que según él mismo caracteriza su manera de trabajar, bien vale la pena indagar si alguna vez se ha sentido decepcionado del trabajo de alguno de sus actores.

Y la respuesta de Manrique pone en evidencia cuánto compromiso asume al convertirse en director de una obra: "Un director es responsable de todo lo que sucede en el escenario. Si hay un actor que la gente pueda considerar que no estuvo bien en una obra, la responsabilidad no es de él, es mía, porque yo soy la cabeza. Si un actor está mal, sería un acto cretino de mi parte decir que él está mal porque, o bien no lo he sabido dirigir, o en algún momento tuve la posibilidad de cambiarlo y no lo hice. Para mí, quienes hablan mal de los actores que dirigen me parecen unos impresentables".

En muchas ocasiones también le ha tocado asumir un reto aun mayor: actuar y dirigir en la misma obra, como Baraka, un montaje que se mantuvo siete meses en cartelera este año y en el que estuvo acompañado por actores de primera línea como Javier Vidal, Carlos Cruz e Iván Tamayo. ¿Qué tan sencillo puede resultar semejante faena? "Nunca es sencillo, siempre es complicado. Las veces que lo he hecho ha sido porque los actores con los que tengo que compartir son personas en las que confío mucho y pueden ayudarme. No lo haría con cualquier actor", responde el hombre de teatro de 48 años con serenidad, como quien ya ha internalizado la enorme responsabilidad que ese doble trabajo implica. Pero en la obra de sus sueños, Manrique sólo se visualiza como director: "La obra que sueño tiene que ver con Shakespeare. Quisiera dirigir Hamlet. Mi maestro Juan Gené la está estrenando justo hoy en Buenos Aires y tiene 83 años, así que todavía tengo esperanzas", dice mientras los actores de Petroleros suicidas, la obra de Ibsen Martínez que está dirigiendo, lo esperan para continuar con el ensayo. El salto al vacío que inició Héctor Manrique hace 25 años aún no termina, pero de lejos se ve que va a caer de pie.

 

Todo en Domingo, 21 de agosto de 2011


 

 

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