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UN RATO EN LA VIDA DE... Por Ezequiel Borges
Héctor Manrique es un hombre que se levanta
temprano, como él mismo lo puntualiza el día antes de la entrevista.
Prueba de ello es que estamos sentados a las 8 de la mañana a
instancias de él, naturalmente en la terraza de una panadería situada
sobre la Avenida Libertador. Desde la terraza se puede ver y sentir el
tráfico mañanero que empieza a hacerse pesado, acompañado de la
parafernalia habitual de gritos y cornetazos. La terraza en cuestión
está separada de la ciudad porque está un poco más arriba de ésta y por
unos delgados cables eléctricos. Uno se pregunta quién está encerrado,
si la ciudad o los que la contemplamos. O ambos.
¿Qué diría Cabrujas de los tiempos que vivimos?
No lo sé y no voy a poner palabras en su boca. Lo
que sí yo he sentido con la ausencia de José Ignacio es un vacío. El
vacío de lo que él escribía, de lo que él reflexionaba en su obra, no
solamente dramatúrgica, sino como opinador semanal, como articulista.
Inclusive con sus telenovelas me daba luces, me ayudaba a comprender
dónde estoy, que, en definitiva, es el rol de la cultura. Eso es
imposible de llenar.
Acto Cultural transpira la sensación de que existe
en Venezuela una enorme precariedad como país, de una enorme
improvisación. También de un desprecio por los especialistas. El punto
es que el cargo no habilita, habilita el conocimiento. Es decir, no
porque yo haga una sociedad cultural como sucede en la obra yo soy
culto. A eso se llega a partir del estudio, de la reflexión, de la
praxis. Y yo siento, por ejemplo, que en este momento vivimos un
desprecio hacia el especialista. En el mundo de la cultura eso está
clarísimo cuando se pone ahí a dirigirla a un veterinario, a un hombre
del aparato. Y eso se traduce en un desprecio hacia la cultura.
Porque es un hecho que nos engloba, porque le da
sentido a todo lo que hace el hombre, porque todo lo que hace el hombre
es cultura. Lo que nos crea los muros de contención éticos del hombre,
no es otra cosa que la cultura. Es una cosa que, además, no se puede
palpar. Es superior a la educación. Yo siempre pongo un ejemplo,
volviendo a los especialistas: un médico con una especialidad, ayuda
muchísimo. Pero que un médico sea honesto, que no se le olvide un
bisturí dentro de una persona, no es un problema de estudio, es un
problema de cultura. La cultura te proporciona palabras como respeto,
como tolerancia. Además, no hay ningún país en el mundo donde exista un
desarrollo económico y social que no esté precedido por un desarrollo
cultural. Porque lo que sustenta todo lo demás es el desarrollo
cultural.
El teatro siempre ha estado en crisis, la crisis es
consubstancial con el teatro.
Se hace, con esfuerzo. Yo salgo
dentro de 20 días para Brasil a hacer Final de partida
de Samuel Beckett.
Una obra bastante difícil. Pero, desde siempre, la relación de la
cultura con el Estado, con el poder, ha sido simbiótica. El teatro El
Globo de Shakespeare no hubiese sido posible sin el apoyo del Estado de
la época, Lope de Vega estaba apoyado por los reyes. Por eso cuando me
dicen: "mandemos al carajo al Estado", yo lo hago, a nivel privado, pero
nunca dejaré de exigirle al Estado su responsabilidad. Un hombre de
teatro en Venezuela no puede ser un hombre satisfecho cuando en este
país hay tantos millones y millones de habitantes que nunca han tenido
la posibilidad de enfrentarse a un hecho escénico vivo como el teatro.
Sólo el poder del Estado y sus
recursos podría cambiar eso. Si tú vas a países como Alemania, te
encuentras que por cada cancha de fútbol hay una sala de teatro.
No. Lo que tendría que haber es
una profunda arrechera porque estuvo cerrado 8 años. Y cuando yo digo
una profunda arrechera no es porque yo soy un neurótico, es para que no
vuelva a pasar. Eso lo único que demuestra es la ineficiencia de todos
esos gobernadores que han pasado por ahí, entre ellos el que acaba de
saltar la talanquera, Henri Falcón. Porque lo que le criticamos a Chávez
en el Teatro Teresa Carreño lo hacía Rosales en el Teatro Baralt de
Maracaibo. Lo agarraba para condecorar a las secretarias, para hacer
actos políticos. No, los teatros no son para eso. Yo no voy a Miraflores
a decir: "Mira, préstame una sala para ensayar".
En parte es verdad. Y eso se
explica un poco por lo que yo llamo "la década del dolor en el teatro
venezolano". La década del 90, una década muy perturbadora para el
teatro venezolano. Esa década arranca con la muerte de Enrique Porte, a
la que después se le sumó la muerte de una cantidad de gente
impresionante: Carlos Giménez, José Ignacio Cabrujas, Fausto Verdial,
Héctor Mayerston, Mariano Álvarez, Pepe Tejera, Ricardo Lombardi, Javier
Zapata... Es una década terrible para el teatro venezolano... Juan
Carlos Gené se regresa a la Argentina; a Ugo Ulive uno de nuestros
directores más interesantes se le ocurre dejar de dirigir. Para
cualquier hombre de teatro de mi generación fue una década que nos movió
el piso.
Yo comparto con Diderot lo que
dice en La paradoja del comediante. El hecho de que, por un lado,
los personajes más interesantes son los que más sufren, entendiendo que
los que sufren son los personajes y no uno. En cambio, la traducción de
Stalivnasky en la escuela norteamericana significa que si el personaje
sufre, yo, el actor, sufro también. Yo no creo que si el personaje es
mala persona, yo tengo que convertirme en mala persona también. Yo
comparto con Stalivnasky su obsesión porque el actor es lo que hace, no
lo que dice, y que el actor debe estar vivo en el escenario. Lo
paradójico, según Diderot, es que mientras más sufre el personaje, más
disfruto yo haciéndolo. No por nada los actores aman a Shakespeare:
cuando son jóvenes quieren hacer Romeo porque Romeo muere; y cuando
están entre los 30 y los 40 quieren hacer Hamlet porque termina muerto y
sufre muchísimo; después quieren hacer Macbeth que también es trágico; y
ya cuando están viejos quieren hacer al Rey Lear que termina traicionado
por sus hijas. Es decir, todos los actores soñamos con hacer esos
personajes porque son portentosos, pero, además, porque son muy sufridos
y uno sabe que va a disfrutar mucho haciéndolos (se ríe).
Pero eso no es una ventaja sólo
de los actores. Por un lado, si tú te pones a revisar la historia de los
actores, tú ves que muchos de los grandes actores son tipos tímidos. Por
otro lado, lo que tú planteas es interesante porque nos lleva a una
debilidad social: no está bien un mundo donde los únicos que triunfan
sean los vivos, los que tengan más carisma, los que tengan más capacidad
histriónica. Estaría más cercano a la bondad un mundo donde hubiese una
legalidad que nos contenga a todos por igual. Es decir, un mundo en
donde tú vayas a pedir un crédito y lo que importen sean tus méritos o
tu disposición a cumplir con tus obligaciones, y no, solamente, tu
capacidad de convencer...
No, ser actor es fácil. Lo jodido es ser buen actor. Jajaja.
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